Les copio un poco del prólogo de Milton a su "Paraíso Perdido" y me voy a estudiar, que sino no aprovecho la mañana:
"La medida es el verso heroico inglés sin rima, como el de Homero en griego y el de Virgilio en latín; ya que la rima no es ni un complemento necesario ni un verdadero ornamento del poema o buen verso, sino el invento de una era bárbara para dar realce a una mísera temática y a un metro cojo; aunque, cierto, embellecida desde entonces por el uso que le han dado algunos poetas modernos famosos, establecida por la costumbre, pero causa para aquéllos de gran tribluación, estorbo y restricción a la hora de expresar muchas cosas que, de otro modo, habrían expresado mejor la mayor parte de las veces. (...) Éste (el verso) consiste sólo en números apropiados, adecuada cantidad de sílabas y variedad en el modo de transportar el sentido de un verso a otro".
Claro que a Milton no le hicieron mucho caso: Blake, Shelley, Keats, Yeats, Stevens... y mil más siguieron con la rima.
En castellano pesa más el ritmo que la rima. Una poesía con rima pero sin ritmo silábico la leemos y nos desagrada, porque vemos que nada cuaja. Si quitamos la rima, el ritmo sí puede dar forma a un poema. M cita a Cernuda, que es de los mejores. No hace falta dar más ejemplos, pues hay muchos.
A mí me gusta particularmente la rima asonante. Y es verdad que, a veces, la rima consonante fuerza demasiado. En algunos versos de Rubén Darío se nota ese "forzado", ese "esto estaría mejor sin rima". Por poner un ejemplo.
Supongo que es cuestión de gustos. Pero, vaya: que ritmo sin rima sí es poesía.
Rima sin ritmo silábico alguno no.
P.D: Para el Dr. Be, dígame si leyendo esto en voz alta, y entonando cada frase, no parece que está usted cantando. Si mide los ritmos, verá que todos están en su sitio exacto. Es jodida música:
Los hombres tú los conoces, hermano mío;
Mírales cómo enderezan su invisible corona
Mientras se borran en las sombras con sus mujeres al brazo
Carga de suficiencia inconsciente,
Llevando a comedida distancia del pecho,
Como sacerdotes católicos la forma de su triste dios,
Los hijos conseguidos en unos minutos que se hurtaron al sueño
Para dedicarlos a la cohabitación, en la densa tiniebla conyugal
De sus cubiles, escalonados los unos sobre los otros.
Mírales perdidos en la naturaleza,
Cómo enferman entre los graciosos castaños o los taciturnos plátanos.
Cómo levantan con avaricia el mentón,
Sintiendo un miedo oscuro morderles los talones;
Mira cómo desertan de su trabajo el séptimo día autorizado, Mientras la caja, el mostrador, la clínica, el bufete, el despacho oficial
Dejan pasar el aire con callado rumor por su ámbito solitario.
Escúchales brotar interminables palabras
Aromatizadas de facilidad violenta,
Reclamando un abrigo para el niñito encadenado bajo el sol divino
O una bebida tibia, que resguarde aterciopeladamente.
El clima de sus fauces,
A quienes dañaría la excesiva frialdad del agua natural.
Oye sus marmóreos preceptos
Sobre lo útil, lo normal y lo hermoso;
Oyeles dictar la ley al mundo, acotar el amor, dar canon a la belleza inexpresable, Mientras deleitan sus sentidos con altavoces delirantes; Contempla sus extraños cerebros
Intentando levantar, hijo a hijo, un complicado edificio de arena
Que negase con torva frente lívida la refulgente paz de las estrellas.
Esos son, hermano mío,
Los seres con quienes mueren a solas,
Fantasmas que harán brotar un día
El solemne erudito, oráculo de estas palabras mías ante alumnos extraños,
Obteniendo por ello renombre,
Más una pequeña casa de campo en la angustiosa sierra inmediata a la capital;
En tanto tú, tras irisada niebla,
Acaricias los rizos de tu cabellera
Y contemplas con gesto distraído desde la altura
Esta sucia tierra donde el poeta se ahoga.
¡Buf!