Un silencio casi reverencial invadía los últimos minutos antes del despegue. Salvo por alguna indicación aislada a través del teléfono móvil y el ruido al pasar de las hojas de los periódicos de noticias económicas. La mayor parte de los viajeros eran señores de cierta edad que iban vestidos con discretos trajes hechos a medida de color azul o gris, camisas con gemelos en los puños y corbatas de seda. Se trataba de altos directivos de importantes empresas multinacionales que cerraban tratos millonarios antes del desayuno y se habían educado en prestigiosas universidades y escuelas de negocios. Ninguno de ellos podía sospechar la plaga que se les venía encima.
En el momento más inesperado, un desarrapado invadió la "Bussines Class" reclamando alcohol y mujeres. Iba sin afeitar y con una mugrienta camiseta de los Monty Python's Flying Circus, vaqueros descoloridos y calzado deportivo. Arrastraba un enorme petate que habían pasado por los pelos el severo juicio de la báscula del aeropuerto y que ahora intentaba acomodar en el reducido espacio dispuesto para el equipaje de mano. Por el pasillo del avión me di de narices con una azafata que tenía aspecto de haber guiado una columna de tanques soviéticos durante la invasión de Praga o, en su defecto, de ser campeona de halterofilia en las olimpiadas de Moscú 80. La tipa me miró con cara de asco (como si hubiera pisado una caca de perro o algo así) y soltó: Le estábamos esperando… Traducción: Si de mí dependiera, en cuanto el avión hubiese alcanzado la suficiente altitud, abriría la escotilla de carga y te arrojaba de cabeza a la puta calle. - ¡Lo siento, me he despistado! - respondí, mientras le dedicaba a la azafata-Godzilla una sonrisa de compromiso. Lo cierto era que llegaba tarde por que me había perdido en el aeropuerto como un cerril de la estepa. Vamos, que sólo me faltaba la boina, el cayado y la cesta con las gallinas para ser una versión sofisticada y postmoderna de Paco Martínez-Soria en La ciudad no es para mí. Aunque, a decir verdad, lo difícil era no perderse. Si los padres de Hansel y Gretel hubiesen querido realmente deshacerse de sus vástagos, no los hubiesen abandonado en un bosque, si no en la T4 de Barajas. ¿Para qué vamos a poner tontas indicaciones? ¡Que los viajeros demuestren sus dotes de orientación guiándose a través de un laberinto - aquí me hubiese gustado ver al mítico Teseo, y no en el lance del Minotauro - de pasillos y puertas que no conducen a ninguna parte!
Como sé que son ustedes personas con mucha "mili" en la mochila, les animo ahora a que compartan sus desventuras en aeropuertos y sitios así, el dinero no se lo van a devolver, pero al menos se desahogarán un rato.


