Al igual que Roger Corman escribió su famosa autobiografía Cómo hice cien películas en Hollywood y nunca perdí ni un céntimo, instructiva lectura acerca del peculiar mundillo de las películas de Serie B durante los años 60 y 70, espero ansioso el día que el director alemán Uwe Boll publique la suya: Cómo hice cien películas con una productora independiente y nunca gané ni un céntimo. No alcanzo a imaginar qué oscuros arcanos conjura para producir esas adaptaciones cutres que acaban de manera indefectible en la sección de ofertas del Carrefour (o similar). La única explicación es que sea un millonario excéntrico o tenga un montón de amigos con el riñón bien forrado y a los que no les importe tirar el dinero a la basura. Su último proyecto lleva por título Rampage y, si ustedes creían que no podía hacer nada peor que En el nombre del rey o Alone in the dark, van a tener que pensárselo dos veces. Como supongo que las mayoría de las compañías de videojuegos le han dado ya con la puerta en las narices, los últimos han sido Konami al negarse a venderle los derechos de Metal Gear Solid, ha decidido cambiar las peliculillas de aventuras por un estremecedor retrato socio-económico de una Norteamérica en descomposición. Vayamos por partes, una cosa es que Uwe Boll lleve a la pantalla juegos de tiros con ese estilo tan particular suyo, y otra bien distinta que se atreva con el espinoso tema de un joven que se arma hasta los dientes y decide empezar a disparar contra sus amiguitos, los papis de sus amiguitos y todo bicho viviente. Podríamos pensar que esto significa un intento por parte del realizador de pasarse al cine de temática adulta, pero no, oiga, ni muchísimo menos. Lo que ha hecho Boll es coger un realidad dramática, la cual, además es causa de una fuerte controversia en el seno del propio país, y convertirlo en un videojuego. El argumento es tan trivial que se puede resumir en un puñado de líneas: Un chaval de veintitantos, cabreado por que en el Starbucks no le ponen el machiatto con la suficiente espuma (se lo juro), decide comprarse una especie de armadura en eBay, reunir un buen puñado de armas, y liarse a tiros con los habitantes de su pueblo. A los quince minutos de empezar la película hace saltar por los aires la comisaría de policía y da comienzo un bochornoso pim-pam-pum de gente muriendo por las calles. Eso sí, como Uwe Boll es un director moderno, toda la película tiene ese aire de falso documental que tanto parece estar de moda en los últimos años, los camarógrafos son un pandilla de monos adiestrados y, a cada rato, aparece una imagen fija del protagonista guiñándole un ojo a los espectadores o haciendo alguna mueca rara. Afirmar que el poco sentido que tenía la historia, ya se pueden imaginar que la interpretación de Brendan Fletcher, actor fetiche de Boll, no hace más que otorgarle profundidad y verosimilitud a los acontecimientos, muere en cuanto cesa el ensordecedor ruido de las ametralladoras, lo cual, es casi una marca de la casa, sería incidir una y otra vez en lo mismo. Un último apunte: Es muy probable que semejante bazofia acabe estrenándose en los cines de su ciudad (y de la mía, me temo) pero, háganme ustedes caso, no vayan a verla ni aunque los amenacen con los Grandes Éxitos de Los Hermanos Calatrava. Puestos a morirse del asco, no hay nada como unos profesionales ajenos al paso del tiempo y la moda en chaquetas masculinas.
Nota: Ahora, si me disculpan, voy a matar a la camarera con una cucharilla de plástico, me ha puesto una corteza de limón en el espresso y le dije muy claramente que quería virutas. ¡Virutas!
