Hace poco leí una noticia sobre el inminente avance del libro electrónico.
Los beneficios de esta clase de soporte son muchos, y sin duda muy necesarios: ahorro de papel, comodidad de espacio, letras del tipo y el tamaño que elija el lector, y en general, si no carga demasiado la vista –y parece ser que no-, una funcionalidad mucho mejor que la de cualquier libro de papel.
Soy un amante de los libros, y a pesar de mi amor no me disgusta que todo evolucione y que la electrónica se abra camino para hacernos la vida más cómoda. No obstante, y al margen de las ventajas de este novísimo libro electrónico (asunto que emplazo para otro hilo), la pregunta que no dejo de hacerme es esta: ¿Acabará la piratería con el artista?
Yo soy el primero que baja de todo de los sistemas p2p. Imagino que todos lo hacemos.
La cuestión es: ¿creemos que es justo o injusto?
La gente que apoya el traspaso de archivos a través de Internet se ampara, sobre todo, en dos razones:
1- Con la ley actual, no hay nada ilegal en compartir archivos.
2- La cultura debe ser libre: el formato digital fomenta esa libertad. Así, vamos contra la tiranía de las empresas o las editoriales: es decir, los distribuidores. Bienvenidos sean, sin embargo, los artistas.
Como ven, mi pregunta sobre si les parece justo excluye de raíz el primer argumento. No me interesa si ahora las leyes lo permiten. Mi pregunta es: ¿Debe permitirse?
Por muchas razones yo sí estoy en contra del traspaso gratuito de archivos. La principal es una: considero que la cultura sí debe tener un precio, y que debe regularse. No hablo de censura. Hablo de que -en mi opinión- el artista debe tener derecho a distribuir su obra y recibir por ella una remuneración.
Sé que en la historia no siempre ha sido así, pero no baso mis argumentos en la historia del arte (por lo demás bastante movida). Creo que el libre intercambio de archivos, más que fomentar la cultura, la dinamita.
Creo que si el artista no puede vivir de su obra, se creará arte bajo unas condiciones distintas. Y, si la calidad del arte depende muchas veces del tiempo que se le dedique, entonces el artista que además deba trabajar en otros menesteres, producirá –en general: para todo hay excepciones– una obra de menor calidad.
Creo que la ciencia y el arte determinan el signo de una sociedad. Y que cuando el arte se convierte tan sólo en una materia de consumo rápido, se evapora la parte espiritual.
Creo que la libre distribución de archivos dinamita toda memoria artística, que fomenta ese rápido consumo. Desde aquí a un año, me habré descargado 200 discos; habré escuchado 150, habré borrado 120 a los dos días, y habré grabado 10. Creo que la facilidad para descargar y consumir fomenta el rápido olvido, así como banaliza las novedades.
Por último, creo que la cultura sí debe tener un precio. Creo que en el fondo nos quejamos por quejarnos. En esta época en que toda la cultura está a nuestro alcance, la parte alfabetizada de la población lee menos que nunca; la gente es más cerril que nunca, y le importa tres pimientos la cultura, ya sea ésta literaria o cinematográfica. Les importa un bledo el cine, un bledo los clásicos, un pimiento la historia. Sólo el dinero, y cierta fama rancia asociada a la televisión.
Por eso asocio este "¡cultura gratis, libre intercambio!" como un síntoma más de la gandulería de la gente. Es como si a un trabajador del campo le pidiésemos que trabajase gratis, por amor al arte, para darnos su trigo.
Y no quiero exculparme: Si soy honesto, me habré gastado en mi vida diez veces más dinero en alcohol que en cultura. Y sí, tengo derecho a gastarme el dinero como a mí me place, faltaría más, pero también sé que no puedo quejarme porque el precio de un libro de Proust sea de 10 euros, o el de un disco de Oasis esté a 12. La verdad, son precios muy razonables para un bien de consumo espiritual del que uno va a poder disponer toda la vida. En cambio, por estupendo que sea emborracharse, todos sabemos que en el fondo no es más que una mala costumbre.
Si no se controla férreamente la distribución salvaje de libros y discos, pronto éstos perderán su valor. ¿Qué será de los traductores? ¿Qué de los autores? Hasta donde yo sé, un traductor no da conciertos, como podría hacer un músico. De hecho, ¿qué más da que un músico dé conciertos, no es justo que él escoja cómo distribuir su propia música?
En esta época que todo lo banaliza, una cultura digitalizada significará pronto el fin de esa cultura. En el cine se ha notado en cómo las series llevan ahora el peso de su arte: ¿A quién le interesa una película que puede consumirse en apenas una hora?
Una vez me dijeron: “Esto es como cuando se inventó el frigorífico. Los señores que vendían hielo tuvieron que buscarse otro trabajo”.
Este precioso razonamiento me recuerda a La Caverna de Saramago, y a lo mejor del salvaje neocapitalismo liberal. “Si los artistas no pueden distribuir su arte ni controlarlo, ni vivir de él, que hagan otra cosa”.
Está claro que la vida sigue y que algo pasará. Hace 1500 años pasó una cosa llamada Edad Media, pero para ellos, en el sentido estricto, “no pasó nada”. Ellos eran campesinos y cristianos, y aquí paz y después gloria. Toda la cultura clásica a la mierda porque llegó el feudalismo. Sus defensores tendría, imagino.
Pero si miramos a los siglos precedentes, y vemos a Cervantes, Miguel Ángel, Mozart, Freud, Nietzsche… ¿Podrá una cultura de libre distribución y sin distinciones, producir algo semejante?
En fin, dejo ahí la cuestión. No me planteo tanto el hecho real sino si de verdad este cambio va a beneficiar a la cultura de la humanidad. No en plan profético: quiero opiniones.
Que en este asunto reina mucha confusión.
P.S: No he mencionado a la SGAE. Ni hace falta explicar por qué, supongo.
En fin, sé que mi postura es impopular. Yo seguiré bajando cosas (qué inconsecuente, ¿no?), y si se ilegaliza me alegraré. También hay cuestiones como: ¿y cómo me veo una serie de USA si aquí aún no la emiten? ¿Tengo paciencia? ¿La compro por e-bay?
Disculpas por la extensión! :)
