Polilla, la entiendo perfectamente. Yo de enana quería ser Anna Paulova. Lo cierto es que no tengo ni idea de donde saqué el nombre ni donde la vi. No me consta que yo recuerde haberla visto bailar en ningún sitio, pero sabía quién era. me puse tan pesada, pero tantísimo, que finalmente mis padres cedieron, y me matricularon en una de las pocas escuelas de danza clásica que había en Madrid. Quedaba muy cerca de mi casa. Yo tenía 6 o 7 años, y recuerdo que me lo tomé muy en serio, tanto, que mis padres se asustaron de verdad cuando un día la profesora de baile les citó para una entrevista y les dijo que yo era su mejor alumna, que la dedicación que ponía en la cosa era tan extrema, que sería un error por parte de ellos el impedirme que siguiera el noble camino de la danza clásica. Ahí se asustaron de verdad pero me permitieron continuar unos cuantos años. Lo mío era tan bestia que con zapatillas normales, sin puntera, me ponía completamente de puntillas sobre los dedos de los pies. La profesora me regañó muchísimo. Y llegó el día en que tuve mis primeras zapatillas de puntera de verdad, y bailé en el teatro María Guerrero.
La gran desgracia llegó cuando nos mudamos de casa y nos fuimos a vivir a la otra punta de Madrid. Allí no había ninguna academia, y resultó incompatible el seguir estudiando con la danza. las lágrimas que derramé fueron tremebundas.
Luego a los 15 tuve otro rebrote, pero yo misma sabía que ya no podía ser, porque ya me había dearrollado, y había estado 3 años sin bailar. Hay que empezar desde niña y continuar durante el desarrollo. Solo así se puede esculpir la figura de una bailarina y no perder la elasticidad. Después, ya adolescente, no se puede. Yo hablo de una bailarina de verdad de las que bailan en el Bolshoi, no de los que bailan en Fama, que es que da verguenza ajena cuando les veo, francamente.
Y bueno, algo me ha quedado de aquellos primeros años de aprendizaje.
La otra vez que también lloré a moco tendido fue cuando vi a Maya Plisetskaya en Madrid, bailando "La muerte del cisne" que es la verdadera prueba de fuego para una bailarina. ¡Qué mujer,por Dios!
En fin, la vida...