Releyéndolo, creo que lo reescribiría de un modo muy distinto. Con más fuerza o pasión.
No obstante, sigue expresenado, quizá demasiado educadamente, lo que pienso. Ocupa sólo dos páginas porque era el espacio que exigían en el concurso para el que lo escribí, pero al que no me presenté. Quizá debería desarrollarse más.
"Arte actual, problemática y vanguardia: El gesto artístico
Un amigo pintor se indigna cada vez que escucha algún elogio dedicado a Miró. Dice que no ve arte alguno en esos esbozos; y que, si lo hubiese, sería un arte terriblemente pésimo. Me habla de sus esfuerzos por lograr el matiz triste de una mirada o por encuadrar la imagen en una perspectiva concreta.
No hace falta ser pintor para darse cuenta de cuán ajeno a la común percepción resulta el casi completo corpus del arte contemporáneo. Las personas de sensibilidad desarrollada no van mucho más allá de los años treinta del siglo pasado. No comprenden la pintura moderna, ni la escultura moderna, ni el arte moderno. Cuando sus quejas me parecen sinceras, me paro a escucharlas con honestidad y a preguntarme hasta qué punto son pertinentes.
Dejo a un lado la literatura. Me centro en las artes plásticas. A mi amigo el pintor se le unen escultores y fotógrafos. Algún poeta irritado contra la modernidad de la poesía también alza su voz contra la simplicidad del arte. Por simplicidad entienden una sola cosa: la ausencia de dificultad. El “yo podría hacerlo”. No lo hacen porque lo consideran banal. Llevan años en pos de unas técnicas y de una visión, y de repente resulta que una idea feliz, un mero juego de ingenio, acapara más aplausos que una obra creada en soledad, a través del fuego purificador del arte que expresa la profundidad de sus sentimientos.
Volví a pensar en Duchamp. Hace poco se consideró su fuente como la obra de arte plástica absoluta del siglo XX: de ella emerge todo el arte moderno.
Copio de mi modesta enciclopedia:
“Al girar el urinario cuarenta y cinco grados, y al darle un título, adquiría valores completamente inesperados. Veían en él una limpia belleza (se le ha comparado algunas esculturas de Brancusi), además de curiosas alusiones figurativas (como un Buda o una Madonna). Pero también era un objeto conectado con la temática amorosa de su obra anterior Gran Vidrio. Todo el mundo admite hoy que esta Fuente fue uno de los gestos más radicales de la historia del arte universal. Nada, después de ella volvió a ser igual”.
El entusiasmo del enciclopedista parece aminorado en comparación con otras críticas que he leído sobre esta obra durante los últimos años.
Del texto se sustrae que, en sí misma, la obra no implica nada. Es el gesto de Duchamp en donde radica la genialidad. Para cualquier mente sana resulta obvio que una escultura como el David de Miguel Ángel habita otras regiones del arte. Al ojo le es indiferente quién haya esculpido el mármol: lo que se contempla es una estatua. Del mismo modo, un urinario no parece más que eso, y sin embargo quedamos fascinados tras una breve explicación.
Aquí me pregunté, dispuesto tanto a creer a los detractores de Duchamp como a sus apasionados apologistas, qué clase de reacciones suscitaba en mí la obra si olvidaba ambas perspectivas; pero vi que ni siquiera la consideraría como arte. Podía decirles a los artistas que estaban equivocados, pero necesitaba de la opinión de los críticos para sustentar un juicio así.
Entonces me di cuenta de que no podía considerarse arte al hecho de enviar un váter a una exposición. Su razón de ser iba más allá de la mera creación. Duchamp no creaba nada; sólo lanzaba un sentido.
La crítica sigue los pasos del mismo Duchamp, que escribió su propia defensa: “Si el Sr. Mutt construyó o no con sus propias manos la Fuente no tiene ninguna importancia. Él la eligió. Tomó un objeto de la vida diaria, lo reubicó de manera que se perdiera su sentido práctico, le dio un nuevo título y punto de vista y creó un nuevo significado para ese objeto.”.
Las palabras de la crítica Itzel Rodríguez Mortellaro reafirman lo que Duchamp expresó:
“Con esta actitud provocadora, Marcel Duchamp quiso mostrar su desilusión ante las formas tradicionales del arte, pintura y escultura, como medios de expresión, y su rechazo ante la idea de que el arte y el artista tienen una "naturaleza especial" distinta a la de los hombres y objetos ordinarios. Su gesto de enviar a la exposición un producto comercial fabricado en serie y firmado por un "artista" inexistente, se opone radicalmente a la sacralización de la obra de arte como "creación única e irrepetible", salida de las manos de un "genio" (…) Con ello, Duchamp ubica la esencia del acto artístico en la idea y selección del objeto, no en la creación ni en la imagen visual de la obra”.
Es evidente que aquí no se defiende el urinario. Tanto Duchamp como la crítica hablan del gesto y de lo que significa, pero la obra queda en segundo plano. ¿Qué más daba haber enviado una cañería y haberla llamado “serpiente”? Lo relevante es el concepto artístico.
Así, el arte habitual, romántico o clásico, parece quedar atrás. Lo importante no es la sensibilidad, sino la capacidad de explicar un gesto. El espectador no sabe qué hacer porque no sabe dónde mirar ni cómo mirarlo. Necesita de un crítico que aclare el concepto. “Esto es un cuadro en blanco, pero representa la nada de la época actual”. Como representación de la nada resulta sublime, pero considero pertinente la pregunta de hasta qué punto es admirable el ingenio de un pintor que no pinta. Si lo que admiramos no es la obra sino su intención, hasta un mono podrá convertirse en un artista cotizado (como de hecho ha ocurrido sin el mínimo pasmo por parte de la opinión seria).
Lo cierto es que la literatura ha seguido su camino con mediana fortuna después de Proust y de Joyce, pero no ha ocurrido lo mismo con las artes plásticas. Supongo que leer un libro basado en gestos literarios aburre. El ingenio de las letras lo reclamamos para otros placeres, y sus jueces son los lectores silenciosos y anónimos. Un buen crítico ayuda a leer mejor, pero los libros que nos emocionan lo hacen por motivos personales.
En las artes plásticas llamadas modernas hay poco de personal. No podemos encontrar nada nuestro en el arte conceptual. Son reflexiones sobre clichés. Piensa mal y acertarás, dice uno de los más siniestros y pesimistas refranes españoles. Pienso mal y veo que resulta muy fácil ser crítico de arte moderno, siempre y cuando uno pueda justificar con argumentos muy elevados la pertinencia abstracta de una obra. Superado el siglo XIX, ya no corresponde explicar qué es la belleza de la obra: cosa superflua. Los hermanos Chapman han demostrado que puede uno ser genial modificando cuadros de Goya. Las diferencias entre eso y dibujar las Meninas resultan obvias a cualquiera que viva desde el interior de su percepción. En el fondo, los hermanos Chapman son unos pillastres. Uno espera extasiado qué nueva trasgresión nos traerán el mes que viene. Su tarea rezuma sencillez porque pueden dejarse de zarandajas, abandonar su sensibilidad en el arroyo, y centrarse en complacer las ansias de abstracción de los críticos. Tampoco los culpemos en exceso. El camino ya lo nutrieron artistas como Andy Warhol y pensadores como Rosalind Krauss.
Piensa mal y acertarás, he dicho antes. Pienso mal cuando veo que el arte moderno –el arte plástico– es sobre todo un juego entre críticos del gesto y artistas del gesto. Y que el público (no la masa, no la chusma: el público), incapaz de sentirse maravillado por tamañas sutilezas, se ha detenido a principios del siglo pasado, cuando el arte era sólo arte y, en vez de ese picantón ingenio, esa facilidad para transgredir, los artistas poseían el dolor de la soledad y del talento. Cuando creaban para facilitarnos su más intensa y profunda visión.
También me pregunto qué terribles abismos creativos, qué inefables sufrimientos habrá tenido que padecer un artista para lanzarse contra los hábitos de su propio arte. Si Duchamp hubiese podido esculpir el Éxtasis de Santa Teresa, no hubiese enviado ningún urinario. Ésas son sus dolorosas limitaciones. ¿Qué angustias desviaba de sí al centrarlo todo en el gesto?
En este punto, le doy la razón a mi amigo el pintor. "
¡Ya está!
P.S: actualizado sin bateadoras faltas de ortografía.
