Nunca me han gustado los toros. Sobre todas las demás cosas me producen aburrimiento. No obstante -vistas algunas opiniones-, puntualicemos.
Un aficionado a los toros no disfruta, de por sí, con el sufrimiento del animal. Lo que le motiva es la cercanía entre el torero y el toro. Cómo el hombre es capaz de dominar a un bicho de varias toneladas con sólo una capa roja.
Desde nuestra actual perspectiva casi todo está falseado. Vistos desde la tele, o vistos en fotografías, el torero y los toros resultan anodinos. Sin embargo, si uno se molesta en abandonar la distancia y la ostentación, y se acerca a un toro de verdad, y ve cómo el torero le hace frente de verdad, puede que la cosa cambie. Hemos de comprender qué clase de experiencia podía representar el toreo para un pueblo en esencia rural como el español de hace apenas treinta años.
Hace no mucho una niña de 7 años me dijo que nunca había visto una gallina ni una ovjea. Habrá quien llegue a los 20 años sin saber que el membrillo, esa cosa amarilla y dulce, ¡viene de un árbol! Por eso resulta fácil denostar la belleza -o el misterio- de la naturaleza. Por hábito, nosotros hemos perdido la capacidad de verla, salvo en costumbres como ir al campo un sábado por la tarde y decir: ¡Qué bonita es la naturaleza!
Antes un hombre medio distinguía 20 tipos de aves y sus diferentes cantos. Podían decir: "Hoy canta la alondra, mañana la abubilla". Para nosotros todo eso se resume en "el piar de los pájaros". Lo mismo ocurre con las plantas.
Antes de ayer vi la foto de una gacela en un libro; en color. Descubrí en ella los rasgos de uno de mis perros. El pelo, la tonalidad del pelo, la mirada acuosa... Me sorprendí al pensar que entre un peroo y una gacela no hay demasiada diferencia, pero la naturaleza ha tardado millones de años en separarlos de un origen común y crearlos a los dos, tan diferentes y a la vez tan parecidos. Y a nosotros nos la bufa.
Los llamamos animales y los metemos en una colección de fotografías. A tomar por culo con la extrañeza de la existencia. Y lo hacemos porque sólo contemplamos nuestro ombligo.
Los conceptos de "tortura", "cobardía", "salvajismo" me parecen fuera de lugar.
Somos tan civilizados que no podemos verlo de otra manera.
Pero hace apenas 30 años -retomando el principio de todo esto-, resultaba prodigioso ver en un tu propia tierra, con tus propios ojos, cómo un hombre se vestía para someter a un toro; para unirse a un toro. Bicho grande y con cuernos para más señas.
Como todo ritual casi prehistórico, posee derramamiento de sangre. Como todo rito que no se refiere al hombre, el animal tiene las de perder.
Sin embargo, no se realiza por saña.
¿Anticuado? ¿Obsoleto? ¿Residuo de una época oscura?
Puede ser. A mí me aburren. No em producen interés. Si desaparecieran, no me importaría demasiado.
Pero no admito críticas que, cegadas por nuestra perspectiva de la "humanidad animal", culpen al torero de no jugarse parcialmente la vida o de ser un sádico.
Os recuerdo que para comer solomillo de cerdo hace falta abrir antes en canal a un cerdo. Muerte rápida o muerte lenta, pero somos depredadores y dependemos de otras razas.
La crueldad sólo existe cuando un ser daña a otro por el placer de observar el sufrimiento. Los toreros, como los matarifes, no se excitan (hablo de excitación NO sexual, sino anímica) con el aumento del dolor del animal.
Por eso no estoy de acuerdo con lo que habéis dicho aquí.
¡Hasta tú, Bronte, te has puesto antitaurina!
Te comprendo perfectamente, Luis. Es algo ancestral.
En fin, que el torero morirá cuando dejen de existir aficionados.
Como el cine español, vaya.