Madrid tiene menos encanto que Salamanca o Santander, pero eso lo compensa con las pequeñas ventajas de la capital.
Mis amigos y yo -fascistamente, arrastrando a novias y a desconocidos con nosotros- íbamos al ya cerrado Kwai, bar que tuvo su momento de fama gracias a la canción de Siniestro total Vámonos al kwai. Claro que la canción es de principios de los ochenta, y nosotros lo descubrimos en 2002.
El sitio era asqueroso, estaba lleno de polvo, su música consistía en lo que echasen esa noche por TVE1; la presencia de mujeres (salvo que las llevases tú mismo) tendía a 0; solo abría viernes, sábados, y vísperas de festivos, y el dueño enjuagaba los vasos en un cubo de agua estancada. Los enjuagaba y al instante servía otra copa en el mismo vaso. Descubrimos su método de limpieza cuando ya éramos muy asiduos, así que lo soportamos con estoicismo. Este dueño, Constante, cumplía entonces 83 años, y como lidiaba con borrachos, era borde a más no poder si no te conocía; si te conocía era borde, pero te abría su corazoncito: ponía motes, preguntaba por ti si no ibas, y vacilaba con menos mala leche. Luego nos enteramos de que sus dos hijos habían muerto en un accidente de coche, que sólo le quedaba por ahí una nieta, que tenía problemas gravísimos de columna... vamos, que el hombre se mantenía vivo por el bar.
La razón por la que íbamos -que aún os preguntaréis qué sentido tenía ir a tamaño antro- era muy sencilla: ponía copas, en vasos de duralex, equivalentes en alcohol a tres copas normales; o sea, hasta el cuarto hielo. Y costaban ¡2´40 euros!.
Eso inducía a pensar que servía garrafón. ¡Craso error! Sólo tenía marcas nacionales: DYC, Larios, Eristoff, Negrita, etc... Y miles de resacas atestiguan que no era garrafón. Eso sí, con 3 copas estabas borracho. Con 4 era un pedal muy serio.
No tenía cerveza.
"Yo no trafico con cebada", decía cuando le pedías una caña.
"¿Un tercio de qué?", decía cuando le pedías un tercio.
"¡Anda, piérdete por ahí con las cabras!", decía cuando le pedías un Chivas.
El pobre hombre cerró hace ya dos años. La última vez lo vimos abriendo por la mañana, para un amigo. Lo saludamos, dijo que todo estaba muy mal, y sanseacabó.