Pues el sistema sanitario norteamericano es una vergüenza, y lo dice alguien que lo ha sufrido.
Su origen ya nos da un indicador claro de por dónde van los tiros: el modelo de financiación actual es fruto de la unión política tras la II Guerra Mundial de las grandes empresas de EEUU y las compañías de seguro, frente a sindicatos y movimientos sociales que exigían una financiación pública y de extensión universal. Estos últimos, además, contaban con el apoyo del presidente Truman. Sin embargo, pudieron las presiones corporativas, y el partido republicano en bloque, más los demócratas de los estados del sur, votaron a favor del modelo privado de financiación en el Congreso, la que se conoció como Ley Taft-Harley.
De este modo, cada ciudadano debe financiar individualmente los servicios médicos que se le prestan, o bien contratar un seguro médico. Éstos también tienen letra pequeña, y generalmente no cubren intervenciones quirúrjicas ni estancias prolongadas en el hospital. Cuestan de media unos 300 dólares al mes, hablando de los seguros de gama media-baja, que son los que cubren a la mayoría de la población que cuenta con alguno. Estos seguros pueden ser sufragados por la empresa en la que trabaja uno, o bien una parte, todo ello descontado de la nómina. Sin embargo, las empresas no están obligadas a hacerlo.
Esto se traduce en una especie de espada de Damócles disciplinaria hacia el trabajador, que se lo piensa muy mucho antes de enfrentarse al empresario, ya que la pérdida del empleo deviene automáticamente en la cancelación del seguro médico. No es de extrañar que EEUU sea el país con menos días de huelga al año de toda la OCDE. También se refleja en un dato muy claro: las empresas más poderosas y ricas del país son las farmacéuticas y las aseguradoras.
Existen programas públicos como Medicare o Medicaid que atienden gratuitamente a los mayores de 65 años y a las personas con menos recursos, pero son bastante precarios e insuficientes, ya que se enfrentan a 45 millones de personas sin ninguna cobertura médica, a que el 11% de los menores de 18 años no tengan acceso a la sanidad. Además, 93 millones cuentan con un seguro muy limitado, que les obliga, además, a gastar otro 10% del salario en cubrir costes sanitarios.
A pesar de todo esto, cada vez más voces piden una reforma, incluso voces antaño reacias a ello. ¿Por qué?:
1.- El elevado coste de la sanidad norteamericana, el más elevado del mundo. Puede parecer una contradicción, pero nada más lejos. El gigantesco aumento de las pólizas hace que una empresa en EEUU tenga que pagar por trabajador muchísimo más que otra de cualquier país de la OCDE, lo que afecta a su competitividad internacional. Además, las carencias de la gran mayoría de la población, hacen que a la larga el gasto en la atención a los más necesitados sea enorme. Y eso en momentos de crisis hace que muchas grandes empresas se estén replanteando la situación.
2.- La enorme impopularidad. Sólo el 20% de los norteamericanos está satisfecho con el sistema sanitario.
A pesar de todo esto, la reforma no va a ser cosa fácil, ya que la campaña electoral de Obama ha sido financiada muy suculentamente por estas empresas, que ahora van a presionar lo indecible para que dicha reforma sea lo más tibia posible.
Siento enormemente la extensión del texto, pero es que hay mucha confusión con este tema, y me ha parecido útil aportar muchos de éstos datos.
PD: a mí me querían cobrar 3.000 dólares en el dentista por una extracción y limpieza de encías. Me atiborré a analgésicos hasta pasar a México, donde me atendieron maravillosamente y sin coste. Ironías de la vida...